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ene – abr 2017
De Buenavista al Bravo

Resumen

De septiembre a noviembre de 1895, el licenciado Justo Sierra Méndez, entonces Magistrado de la Suprema Corte de Justicia de México, emprendió un viaje por Estados Unidos y Europa, por invitación expresa de su tío Pedro G. Méndez, hermano de su madre. Dos años más tarde, da testimonio de su viaje al publicar en la revista El Mundo, de la Ciudad de México, “En Tierra Yankee” (Notas a todo vapor), documentos que fueron compilados por la Universidad Nacional Autónoma de México en el libro Obras completas del Maestro Justo Sierra, t.VI. Viajes en tierra Yankee, en la Europa Latina,  1 1. See reference Hide reference 1 Este fragmento se tomó del libro Obras completas del Maestro Justo Sierra, t.VI. Viajes en tierra Yankee, en la Europa Latina. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1948. Selección y transcripción de Isabel Bonilla, Jefe de Departamento de Biblioteca especializada, Cedif. para celebrar su centenario, en 1948. De Buenavista al Bravo no es más que una descripción de su viaje por territorio nacional, es el primero de 37 capítulos que componen la obra. En él nos ofrece sus impresiones sobre su recorrido por el Ferrocarril Central Mexicano y su trasbordo, en Torreón, al Ferrocarril Internacional Mexicano; sus estaciones, el paisaje y la comida, serán los ingredientes que nos ofrece para permitirnos conocer de qué manera se viajaba por ferrocarril en el siglo XIX. Palabras claves Justo Sierra, viaje, México, ferrocarril, frontera. Abstract From September to November 1895, Justo Sierra Méndez, who was Magistrate of the Supreme Court in Mexico in those years, made a trip to the United States and Europe on an invitation from his uncle, Pedro G. Méndez, his mother´s brother. Two years later, he documented his trip by publishing, in Mexico City’s “El Mundo” magazine, an article called En Tierra Yankee (Notas a todo vapor), these documents were compiled by the Universidad Nacional Autónoma de México in the book Obras completas del Maestro Justo Sierra, t. VI. Viajes en tierra Yankee en la Europa Latina, as part of its centennial celebration, in 1948. “From Buenavista to El Bravo” is nothing more than a description of his journey across the national territory, and is the first of 37 chapters that compose the entire book. It offers us his impressions about the trip through the Ferrocarril Central Mexicano and its transfer in Torreón to the Ferrocarril Internacional Mexicano; its railroad stations, the landscape, and the food will be the ingredients that will allow us to know what train travel was like during the XIX Century. Key words: Justo Sierra, travel, Mexico, railroad, border. Aún tenía en la boca lo amargo del matinal adiós dejado entre besos en el lloroso hogar; procurando disimular el estado de esta mi alma cobarde e inquieta ante toda perspectiva de movimiento material (así me la legaron dos o tres generaciones de sedentarios lectores), decía a los amigos (muy pocos, por cierto, pero muy buenos y muy míos): “No voy a ver los Estados Unidos, voy a ‘entreverlos’; puede ser que me atreva alguna vez a interrogar a las cosas, pero nunca a los hombres. Y no es mala m razón; si creo poder traducir el inglés, no creo poder hablarlo y estoy seguro de no entenderlo; permaneceré, pues, incomunicado de antemano con la sociedad al través de la cual pasaré a todo escape como un sordomudo. Esto puede tener sus encantos; más deben de ser mayores sus inconvenientes… Por ahora, invitado por un hombre noble y generoso, que, más que un hermano de mi madre, ha sido para mí un paternal amigo, voy a ‘formarme una idea’, como dicen, de la grandeza en crescendo prodigioso que, desde niño, soñaba ver…” Y mientras pensaba en estas cosas y otras, había pasado de los brazos de mis amigos a los muelles y calientes cojines del Pullman, y el tren devoraba kilómetros al ritmo presuroso de sus enormes herraduras metálicas que golpeaban a compás el acero de la vía. Por mi ventanilla abierta veía distraídamente un vulgar cielo de zafir maculado de nubes blancotas con vientre gris, que despuntaban la serranía azulosa del anfiteatro del fondo; más acá, la ondulación verde amarillenta de los collados estériles y secos; aquí cerca, los nopales formaos en batalla, ofreciendo al caminante, en gruesos platos de espinas, las esponjas de agua azucarada y fresca de sus tunas blanquizcas; de cuando en cuando los chopos y los mezquites cortaban con una mancha sombría aquel paisaje de desierto, que salpicaban con sus pirámides de púas algunos centenares de magueyes… Y seguía el galope metálico del tren, al que mis compañeros de viaje y yo acomodábamos versos capaces de poner los pelos de punta a las academias de la lengua en ambos mundos; ya nos acercábamos a las vetustas colinas que con sus perfiles bajos cortaban el horizonte; ya las veíamos huir y dispersarse momentáneamente, mudándose de golpe la decoración, formada ahora por una amplísima superposición de lejanías, circuida por las curvas incesantemente rotas de las montañas azules… ¡un río! ¿de agua, de tierra? De piedra probablemente, porque yo no vi más que bloques y guijarros. ¡Ah! Infeliz aquel que emprenda este viaje atenido a las “latas” de carne salada y de frijoles blancos del bufete; moriría de fastidio y de inopia; porque aquellos manjares son de una cruel monotonía y porque media libra de ternera conservada cuesta tanto como una vaca lechera. La amable previsión de las señoras, nuestras compañeras de viaje, nos libró de este fin dramático y prosaico, y ante las cestas y paquetes de tentadoras provisiones, pronto tomados por asalto, y saboreando un Oporto suave al paladar y al espíritu, miraba al soslayo y con profunda lástima el tapiz verde cedrado de los lomeríos, los grandes y caprichosos florones negros que estampaban en él las nubes, los surcos obscuros de los linderos… No, yo no pretendo hacer una “guía de paisajes para los viajeros del Ferrocarril Central”, a otros esa gloria; yo de vez en cuando levanto los ojos del libro en que leo soñolientamente (¡oh reverencia!!) los terceros de Dante o los diálogos y escenas absurdas de una novela del papá Dumas que no había leído nunca, La San Felice, y veo por mi ventanilla… Mi biblioteca de camino se compone de un tomo en que está toda la Divina Comedia y cuatro tomos o cinco de novelas de Dumas… San Juan del Río es esto: una torre, después otras torres; siguiéndolas aquí, rodeándolas allá, los cubos blanquecinos o pintarrajeados de las casas ceñidas de árboles, perdidas alguna vez entre ellos. No deja de ser gracioso el aspecto… ya pasó, ya se perdió… Abrese a nuestra vista un circo de tierra, cuyas gradas están alfombradas de vegetación; en el último término los altísimos como empenachados de humo de la fábrica de Hércules. Desfilamos a todo vapor entre grupos de árboles verdes y lustrosos, y por instantes se eriza la perspectiva de campanarios de todos los tamaños, pero de un solo tono. Pasamos por un claro de un magnífico acueducto, muy alto, muy sencillo, de espacios majestuosos, entre los cuales se recortan en marcos ovalados los montañosos horizontes; dos minutos después de haber pasado bajo ese arco triunfal, el tren se detiene trabajosamente entre una multitud gárrula que ofrece en tumulto ópalos, verdosos como los ojos de las muchachas de San Juan del Río, y el delicioso pan azucarado y fino de los camotes de Apasco….
Imagen tomada del libro de Adalberto de Cardona, De México a Chicago y Nueva York, 1892.
A través de los árboles se columbra un gran velo gris perla, dulcemente tornasolado de oro; a veces se pliega y se riza con joyanteos de seda; enfrente las nubes inmóviles; debajo de un dosel azul “flecado” de púrpura, el globo rojo del sol cuelga tangente por su extremo inferior a un mar crespo de espumas de fuego. Después, el sol naufraga… La noche, entrevista por la ventanilla de mi camarote, tiene color de sueño… Pasan las horas; de repente para el tren; rumor de gentes que entran y salen; el negro que pasa, un camarote que se abre con ruido de cadenas y de anillos de cortinajes, después unos gritos lamentables afuera. ¿Qué grita ese hombre, Dios mío? ¡Pide auxilio, sin duda! ¡Algún crimen! Dice: “¡Una toalla! ¡una toalla!” Vendía toallas aquel energúmeno. Desfiló ante nosotros una estación. Era Aguascalientes…. Surge de golpe el sol, sin transición, sin permitir buscar una metáfora, surge como una sorpresa; es exactamente como un ojo que despierta, como una pupila repentinamente abierta y que todo lo viese de golpe. Pronto las fajas obscuras de las nubes lo deforman, lo cortan, lo ocultan luego. Y tal es la mise en scéne de una aurora en Zacatecas. Seguimos a todo escape hacia las regiones inhabitadas, seguimos bajo un cielo color de plata viva, por un suelo que se levanta hacia nosotros, se disuelve en átomos infinitos y nos envuelve y nos engulle en su silencioso huracán de polvo… Las cercas de piedras blancas, colgadas prehistóricamente, parecen más bien denunciar un antiguo “paraje” chichimeca, que una aldehuela en nuestro siglo. Pero nuestro siglo está ahí presente en forma de telégrafo, cuyas altísimas cruces grises, unidas por las fibras metálicas, parece que huyen a grandes zancadas kilométricas hasta el confín del desierto; nuestro siglo va y viene con el tren de vapor… Lo triste y lo encantador en nuestro país, son estos contrastes de civilización refinada y de incultura absoluta, de climas que se atropellan en una escalinata de montañas, de ciudades y soledades, de desiertos muertos de sed que se puedan contemplar paladeando un vaso de limonada fría y deliciosa… Camacho. Huimos del desierto que no nos dejará escapar; sigue, nos sigue con su color urinoso, el de esta inacabable tierra sin cesar entrevista bajo los eternos matorrales de huizache, un árbol impotente para llegar a serlo… Symón. ¡Oh aventura! La tierra está húmeda; grandes charcos de agua cerca de la vía indican que un copioso e inusitado aguacero proporcionó a la raquítica vegetación de estos contornos, la deliciosa sensación de agua… Jimulco. Las montañas, viniendo del horizonte del desierto, se juntan, se “conectan” como dicen los ferroviarios, con la vía misma que pasa por el cañón estrecho que entre ellas queda. Son curiosos estos vástagos de la Sierra Madre Oriental, a través de los que abrimos paso para lanzarnos a las estepas inmensas de Chihuahua y Coahuila… Hornos, Jimulco, Torreón, pequeños oasis de estas sabanas; en Torreón, centro de cierta importancia que puja por parecer una aldea americana, a la sazón que tomaba una agua amarga, espumosa y fría que me costaba cuatro reales, y que, en suma, era tan detestable como todas las cervezas que adora Urbina, 2 2. See reference Hide reference 2 Luis G. Urbina (1867-1934), poeta mexicano. unos chiquitines harapientos negros y graciosos, me rodearon pidiéndome centavos; eran gitanillos que venían de un campamento que se veía a cien varas de nosotros, como una mancha de grasa sucia… Bifurcó nuestro camino en Torreón, a la entrada del Bolsón de Mapimí. Costeando la parte meridional de la cuenca del Nazas, nos lanzamos rumbo a la Sierra Madre Occidental, cortando diagonalmente el Estado de Coahuila. Reaparece el desierto; pero más vasto, más desolado, más incurable; en una vaga y esfumada lejanía de este nuevo imperio del polvo, las dos cordilleras bajas parecen hundirse, acotando una brecha titánica en el horizonte. Al final de la noche amortaja al polvo en su manto negro, y nos dormimos fatigados en los buenos carros del Internacional. Despertamos en Piedras Negras o Ciudad Porfirio Díaz.
Imagen tomada del libro de Adalberto de Cardona, De México a Chicago y Nueva York, 1892.
Eché una ojeada a la aurora… En las ondulaciones del terreno, un poco más densamente manchado por la vegetación, acampaban inmóviles largas líneas de vagones rojos. Detrás de la estación, entre árboles y jardinetes, se ven los perfiles de bonitas casas de madera. Acá y allá esbeltas chimeneas lanzan sin cesar humo negro. El Bravo. Aquí es un brazo de agua cenagosa, encajonado en una barranca vulgar, con un islote herbáceo en el centro. Pasamos sin emoción los linderos de la patria; al parar del otro lado (Eagle Pass) oímos un repique en el campanario parroquial de Ciudad Porfirio Díaz. La emoción vino entonces; aquello era muy lejano, muy melancólico, muy dulce; oíamos aquella voz con la garganta anudada por un sollozo; parecía que era una campana del hogar que nos decía adiós. Hasta la vista, contestamos con el corazón y caímos en manos de los aduaneros de la tierra clásica de libertad. Eagle Pass es una bandera americana muy alta, una aduana y unos furgones de carbón.