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mayo – agosto 2020
¡Estos son los carros de Parque!, una anécdota de la Revolución.
Revista Ferronales, t. xxvi, núm. 1, enero de 1956, pp. 53-55. Transcripción realizada por Isabel Bonilla, jefa de Departamento de Biblioteca especializada.
 
“El protagonista de esta aventura, entonces telegrafista, se había incorporado a las fuerzas constitucionalistas en el mes de abril de 1914, y a la sazón era ayudante del coronel José Lorenzo Gutiérrez.

Después de estar algunos días en el frente de Veracruz y desempeñar algunas comisiones en la vía del Ferrocarril de Veracruz al Pacífico (Veracruz al Istmo), hizo la campaña con las fuerzas del general Obregón”.

Así, los azares de la Revolución los llevaron por Veracruz, y luego estuvieron comisionados en México, que en aquellos días no era la capital de la República, la cual había sido trasladada a Veracruz por decreto del Primer Jefe don Venustiano Carranza.

De México fueron a Veracruz, a principios de 1915, y de allí hicieron su avance hacia el centro de la República, con el objeto de enfrentarse con las fuerzas del general Francisco Villa, que asesorado por el general Felipe Ángeles estaba desarrollando una brillante campaña contra los carrancistas, en el Bajío.

Así es que cuando se anunció que las fuerzas del general Obregón librarían la batalla con las norteñas de Villa, todo el mundo estaba en la mayor expectación, deseando muchos que el triunfador fuera el ya entonces legendario Pancho Villa, de cuyas hazañas medio México se hacía lenguas. Así es que cuando el encuentro de las dos grandes columnas enemigas se hizo inminente, nuestro protagonista, que es hoy el ayudante del Superintendente de Electricidad y Telégrafos, Octavio A. Garavito, se encontró en las avanzadas constitucionalistas de Celaya. El combate se inició con el copamiento por Villa de las fuerzas de vanguardia del general Fortunato Maycotte, sobre lo cual el general Obregón, dice:

“… De Celaya avanzó nuestra vanguardia, al mando del C. General Fortunato Maycotte, hasta la estación de Guaje, a 18 kilómetros al Norte, sobre la vía del Central. Al siguiente día –5 de abril– tuve conocimiento de que una columna enemiga, mandada por Francisco Villa, emprendía un avance al Sur de Irapuato, aproximándose a nuestra vanguardia. Inmediatamente procedí a hacer un reconocimiento topográfico de los contornos de Celaya, y ordené al C. general Cesáreo Castro, jefe de la división de caballería, para que, a su vez, lo hiciera con el general Maycotte, que si la columna enemiga era poderosa, no se presentará combate y retrocediera hasta incorporarse a Celaya, donde yo me encontraba con el grueso del ejército, recomendándole, a la vez, que cada cuatro horas rindiera parte de novedades al cuartel. El día 6, a las diez de la mañana, recibí un parte del general Castro, reproduciendo el que a él habíale rendido el general Maycotte, relativo a que tres poderosas columnas lo atacaban, y que su situación era muy comprometida. En seguida ordené al general Benjamín G. Hill, jefe de la Primera División del Noroeste, alistar un tren para embarcar 1500 infantes, y al general Martín Triana, salir con sus fuerzas y los regimientos de los coroneles Juan Torres, Cirilo Alizalde y Vidal Silva, sobre la vía del ferrocarril, al Guaje. Con el tren de infantería salí personalmente a las 12 a.m., para dar auxilio al general Maycotte, y darme cuenta aproximada del efectivo del enemigo. Habíamos caminado 10 kilómetros, cuando empezamos a encontrar nuestras fuerzas de caballería de la vanguardia, batiéndose en retirada, casi envueltas por dos columnas enemigas, que cargaban por los flancos, informándose que el general Maycotte estaba sitiado en el Guaje, hice entonces avanzar el tren, ordenando al maquinista que diera algunos pitazos, para denunciar nuestra presencia al enemigo que sitiaba al general Maycotte.

El enemigo, al darse cuenta de la llegada de nuestro tren, abandonó las posiciones que tenía, y se avalanzó sobre nosotros, permitiendo así que las fuerzas sitiadas salieran por el flanco derecho y empezaran a batirse en retirada también,  rumbo al campamento de Celaya. Ordené que nuestro tren retrocediera con igual velocidad que la que el enemigo traía, con el fin de que éste continuara abrigando la esperanza de apoderarse de él, y, de este modo, hacer más fácil la reconcentración de nuestras tropas a Celaya, cosa que se logró a las 4 p. m. Entre tanto, el general Hill, a quien habíale ordenado preparar toda la columna de infantería y artillería para protegernos, en caso necesario, al darse cuenta de que nos reconcentrábamos al campamento, ordenó a las infanterías el dispositivo de combate.   

… Cuando amaneció (el día 7) podía verse el campo por donde el enemigo daba sus cargas (de caballería) literalmente sembrando cadáveres, y los caballos muertos constituían ya un obstáculo para continuar sus cargas; sin embargo, desde las 6 a. m., el enemigo, con nuevos bríos, emprendió una serie de asaltos, sin dar tregua a nuestros soldados, que sin haber sido relevados, continuaban inquebrantables en sus posiciones. La artillería enemiga, que se componía de doce cañones, seguía batiendo las posiciones de los nuestros con la misma energía que el día anterior. La nuestra había tenido que reconcentrase a la ciudad para reparar algunos desperfectos sufridos por su continuo disparar. A las nueve de la mañana de ese mismo día (7), seguido de mi Estado Mayor, me trasladé a la línea de fuego del frente, cuando el combate se hacía más desesperado, para darme cuenta exacta de la situación. Había llegado al lugar donde tenía su cuartel el general Manzo, en momentos  en que éste recibía parte de que los batallones empezaban a abandonar sus posiciones por habérseles agotado el parque. El espectáculo era doloroso y desesperante; nuestros heroicos soldados exponían la suerte de la batalla y su propia vida, abandonando sus posiciones para ir en busca de cartuchos, agotados por el incesante fuego que había tenido que contrarrestar durante toda la noche y su mañana. Inmediatamente, di órdenes a los miembros de mi Estado Mayor para que, con toda actividad, se hiciera llegar parque del depósito de reserva a la línea de fuego, y se movilizara el batallón… que ocupaba nuestra extrema derecha bajo las órdenes de su comandante, C. coronel Cirilo Elizalde, para cubrir la línea abandonada. Pedí enseguida una trompeta, habiéndoseme proporcionado uno del 9° Batallón, Jesús Martínez, que sólo cuenta 10 años de edad, único que pudo conseguirse en aquellos momentos, y, con él, me trasladé a las posiciones de defensa que, para aquellos momentos, habían quedado casi por completo abandonadas, y ordené al trompeta que tocara la diana; éste obedeció inmediatamente, desorientando con ello al enemigo, que contuvo su avance y empezó a tomar precauciones, creyendo que aquella retirada obedecía a un plan estratégico para hacerlos acercar a nuestras líneas, la que conceptuaban quizá más fuerte. Mientras el niño continuaba tocando la diana, recorría yo la línea distribuyendo los pocos soldados que quedaban, quienes repelían con sus fuegos los del enemigo…” Hasta aquí el parte del general Obregón.

Ahora bien, sentadas estas premisas, para que se entienda lo que tocó hacer al telegrafista Garavito, ayudante del coronel Lorenzo Gutiérrez, relataremos cómo tocó a éste encontrar por mera casualidad los carros con las reservas de parque, que no habían podido ser halladas en medio del maremágnum inherente a una situación tan desesperada como la falta de municiones.

El telegrafista recibió instrucciones de buscar y encontrar rápidamente los carros con parque que don Venustiano había enviado y que acababan de llegar la víspera, según entiendo.

Recorría rápidamente las filas de carros estacionados en la troncal de Ciudad Juárez, casi todos ellos habitados por soldados y gente del ejército, bajo una nutrida lluvia de granadas y no pocas balas de rifle.

En el momento de vacilación, provocado por la maniobra del general Obregón, al tocar diana cuando las condiciones eran más angustiosas, Garavito vio, entre los carros que había frente a la fábrica de alcoholes La Internacional, tres carros cerrados y sellados.

Intuitivamente comprendió que aquellos tres carros no podían contener otra cosa que el parque que tanta falta estaba haciendo en el frente de batalla, y corrió a ellos, a la vez que ordenaba al ordenanza correr a informar al general Obregón.

Con las manos desnudas rompió los sellos, y lo primero que vio fueron las clásicas cajas en que empacan los cartuchos. Poco después llegaron los encargados de hacer la distribución, y reaprovisionaron a los bravos soldados que estuvieron a punto de caer en manos del enemigo, por no tener cartuchos con qué contestar el nutrido fuego villista.

¡Así fue como la batalla del 6 y 7 de abril de 1915 estuvo virtualmente ganada por Francisco Villa, por falta de municiones, y cómo un telegrafista ferrocarrilero salvó la situación!

Los ferrocarriles siempre han sido arterías de los movimientos humanos por la libertad. Nuestra Revolución Social de principios de siglo [XX] fue un ejemplo más. Pero muchos ignoran la cooperación directa de los ferrocarriles, y un claro ejemplo de esto lo es la del telegrafista al servicio de los ferrocarriles, Garavito.