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ene-abr 2019
Reseña del libro de Rodolfo Ramírez Rodríguez, La querella por el pulque. Auge y ocaso de una industria mexicana, 1890-1930, Zamora, Michoacán, El Colegio de Michoacán, 2018, p. 507.
Carlos Ortega Ibarra
El autor es licenciado (2004), maestro (2008) y doctor (2014) en Historia por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en donde nació su interés por estudiar las relaciones históricas del conocimiento con la política en la conformación de la materialidad escolar, contacto: carlosoi@yahoo.com. La presente reseña fue leída por el autor en su intervención en la presentación del libro, celebrada el 10 de abril de 2019 en las instalaciones del Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos.

 La lectura del libro que hoy nos reúne, La querella por el pulque, de Rodolfo Ramírez Rodríguez, fue un estímulo para emprender el tránsito simultáneamente por dos rutas cuyas intersecciones los adoradores de Clío rara vez somos capaces de reconocer y exponer públicamente. En la primera ruta, esbozo los segmentos de una historia en la cual la producción, la comercialización y el consumo del pulque son parte de mi existencia. En la segunda, comento algunos aspectos del libro que considero interesantes debido a mi orientación temática y teórica.

Reconozco que los historiadores no somos una realidad ajena a las historias que escribimos, leemos y comentamos. Los hilos de nuestra existencia están tejidos con esas historias, por más distancia e imparcialidad que deseamos imponernos para ser apreciados como investigadores serios, rigurosos y objetivos. Temo que se trate de una impostura profesional.

Vayamos a la primera ruta

En la década de 1920, un joven de nombre Gorgonio Ortega Vázquez, mi abuelo paterno, se inició como tlachiquero en la localidad de Pedernales, en el municipio de Libres, Puebla. Aprendió el oficio de su padre, Filomeno Ortega, quien desde los años ochenta del siglo XIX se dedicó a la producción tradicional del pulque.

Gorgonio Ortega fue un ranchero orgulloso de su libertad, de poder moverse según su arbitrio. Su trabajo en el campo estuvo dirigido a la producción para el autoconsumo, y cada cierto tiempo –principalmente durante la época de cosecha– formó parte de los trabajadores asalariados de las haciendas de la región.

Gorgonio Ortega y su hermano Saturnino –también tlachiquero– sembraban un tipo de maguey al que conocían como ayometla. La mayor parte del aguamiel obtenido de la planta era para el consumo familiar. El excedente, trasladado a lomo de burro en castañas y cueros de chivo, era llevado tanto al tinacal de Pedernales como a las pulquerías del municipio. El producto concentrado en el tinacal era transportado a la estación del ferrocarril, que lo llevaría al Distrito Federal o a Jalapa.

Gorgonio Ortega abandonó el oficio al ser poco redituable económicamente, en la segunda mitad del siglo XX. Sus hijos, criados con pulque como él, migraron al Distrito Federal siendo muy jóvenes. En cambio Fidel, uno de los hijos de Saturnino, aprendió el oficio y lo enseñó a su vástago, Gaudencio, quien también decidió abandonarlo hace dos años.

En la década de 1950 otro joven, llamado David Díaz Argumedo (abuelo de mí esposa), transportaba diariamente, en un camión Ford 1947, sesenta barriles de pulque, de hasta 300 litros cada uno, de la estación del ferrocarril de San Lázaro a varias pulquerías del Distrito Federal y del estado de Morelos. Junto con sus hermanos, Armando y Álvaro, esperaba la llegada del tren que traía el néctar desde Nanacamilpa, Tlaxcala.

Su padre, Félix Díaz Chaparro, fue propietario de una pulquería conocida como La Camaleña, en la extinta delegación de Iztacalco (hoy alcaldía), la cual perdió a causa de conflictos familiares. Andrés, hermano de Félix, fue propietario de La India Bonita, La Consentida y Los Hombres sin Miedo. Esta última, ubicada en el Barrio de San Francisco Xicaltongo, sigue proveyendo a su clientela con el néctar de los estados de México, Tlaxcala e Hidalgo.

Estas historias, las cuales conforman el tejido de mi existencia, se encuentran en el libro que hoy presentamos. Los motivos por los cuales Gorgonio Ortega y David Díaz abandonaron la producción y la comercialización de la bebida pueden ser encontrados en La querella por el pulque.

Ahora emprendamos el camino por la segunda ruta

Al momento de explicar el auge y el ocaso de una industria mexicana en la región de los Llanos de Apan, en las décadas de 1890 a 1930, Rodolfo Ramírez suma factores. Por un lado tenemos, durante el auge de la Compañía Expendedora de Pulques, condiciones geológicas y climáticas favorables, una producción artesanal de bajo costo, un consumo arraigado entre distintos sectores de la población, una administración capitalista de la hacienda, relaciones patriarcales en todo el proceso productivo y comercial, una infraestructura ferroviaria que facilitó su comercialización en las ciudades, el conocimiento científico de carácter utilitario y las alianzas político-económicas de intelectuales, empresarios y funcionarios públicos. Del otro lado tenemos, en el ocaso, una revolución, la desestructuración de la hacienda como unidad productiva, afectaciones en la infraestructura, dispersión de la mano de obra, el reparto agrario, la competencia de otras industrias (como las dedicadas a la producción de cerveza y refrescos), la división del gremio pulquero, las reservas de conocimiento que no fueron empleadas para introducir mejoras técnicas, las variaciones climáticas, el aumento de las contribuciones fiscales y los embates ideológicos dirigidos a la producción y al consumo del pulque.

Entre todos estos factores hay algunos, podríamos llamarlos estructurales, que generaron mucha tensión. Durante el porfiriato la compañía pulquera, concebida en los parámetros del capitalismo mercantil, basó su éxito en una explotación intensiva del maguey, a partir de un modo de producción artesanal, de las relaciones patriarcales que lo sostuvieron y del apego a formas tradicionales de consumo, lo cual permitió una rapidísima acumulación de capital en manos de unas cuantas familias aristocratizadas y dificultó su desarrollo como una industria moderna, tecnificada y sostenible. En este sentido –afirma Rodolfo Ramírez al comentar el estudio de Silvano Riquelme– contrastó la gran concentración de capital en tres centenares de hacendados, con la dispersión de la riqueza entre los miles de trabajadores (p. 206). Resulta inevitable pensar aquí en el caso de otra industria nacional, igualmente oligopólica, la del henequén en la península yucateca.

Es importante señalar que el autor reconoce la existencia de otras unidades productivas, como son los ejidos y los ranchos, a las cuales debemos la supervivencia del pulque en un mercado restringido al consumo local, y cuyos estigmas de raza, clase y género, asociados a productores y consumidores, pululan en el imaginario citadino.

De los temas que el libro nos ofrece, quiero referirme rápidamente a las acciones políticas y epistémicas de los   intelectuales, específicamente de los científicos y los técnicos, los llamados expertos, en la disputa por el pulque.

Como en otras querellas, en la relativa al pulque podemos ver a un sector de intelectuales erigiéndose como los expertos en la materia, en detrimento de los productores tradicionales. Sociólogos, antropólogos, ingenieros, médicos, agrónomos, químicos y biólogos fincaron su autoridad intelectual y su superioridad moral en el monopolio de un conocimiento científico apenas experimental, en aquella época de entre siglos. En tanto, los expertos fueron reconocidos por otros actores como detentores de la palabra, como la voz autorizada para hablar sobre el pulque, a favor o en contra, pero siempre con elocuencia. Podemos verlos actuando…

  1. como PRODUCTORES de conocimientos nuevos, indagando sobre la composición química, las causas de la fermentación y los efectos del pulque en el organismo animal, y proponiendo nuevas técnicas e instrumentos para mejorar la producción, conservación y transporte de la bebida y otros derivados del maguey.
  2. como PROMOTORES de la industria pulquera, señalando los beneficios económicos para el país y los aportes nutricionales para el conjunto de la población, o de las iniciativas gubernamentales para controlarla y erradicarla, enfatizando los perjuicios sociales y económicos ocasionados por su consumo, principalmente entre las clases populares: obreros, campesinos e indígenas. Cabe señalar que muchos intelectuales se dedicaron a comentar, resumir, compendiar y parafrasear trabajos científicos para hacer propaganda a favor o en contra de alguno de los querellantes.
  3. como EMPLEADOS dedicados a la generación de conocimiento útil para la industria o para los gobiernos. En este sentido, los laboratorios y gabinetes científicos funcionaron como una extensión de ambas entidades. Mientras unos estudios servían para demostrar la utilidad del pulque, y en general del maguey, otros daban cuenta de su nocividad.
  4. como FUNCIONARIOS públicos que buscaban consolidar al régimen al que servían y del que esperaban obtener algún beneficio, quizás un empleo, una concesión o el respaldo institucional para sus proyectos.
  5. como APÓSTOLES que dedicaban su esfuerzo a transformar por medios restrictivos y pedagógicos el comportamiento de los que a su juicio eran los incapacitados sectores populares, entre otras causas “científicamente demostradas”, por una afición consuetudinaria al pulque.
  6. como SOCIOS y EMPRESARIOS de una industria prometedora.
  7. y finalmente, como MIEMBROS de una élite político-económica.

Antes de concluir, quiero decir que Rodolfo Ramírez afirma algo con lo cual no estoy completamente de acuerdo. Él dice que: “Los siguientes gobiernos no se interesaron por preservar el vasto conocimiento adquirido por los regímenes que consideraban autoritarios y ominosos; es más, los adelantos emanados del interés por la ciencia y la técnica de la época de Díaz y de Huerta fueron considerados tabú y destinados al olvido” (p. 227). Coincido con el autor en que hubo un embate virulento de los revolucionarios en contra de aquello que representaba al antiguo régimen, entre otras cosas, la llamada ciencia porfiriana y el pulque, a las que acusaron de ser el origen de unas cuantas fortunas y de numerosos problemas sociales. Sin embargo, estudios recientes nos muestran –más que desinterés por la ciencia y los adelantos tecnológicos– el reacomodo de los intelectuales ante la revolución, sobre todo los más jóvenes, y el intento por reorientar políticamente la producción de conocimiento de acuerdo con los propósitos civilizatorios del nuevo régimen. Rodolfo Ramírez deja abierta la puerta al suponer que el gobierno posrevolucionario de Obregón “tal vez esperaba… una verdadera transformación de este negocio, que fuera capaz de adaptarse a los requerimientos de una época competitiva e industrial… para adentrarse al proceso de la modernización” (p. 340). Éste es un asunto que genera inquietud e interés entre historiadores de la ciencia y las técnicas dedicadas al periodo posrevolucionario. Y todavía queda mucho por indagar.

Por último, como dije en párrafos anteriores, Rodolfo Ramírez suma factores, y eso fue posible gracias a una acuciosa investigación documental, cuyo objetivo fue recabar múltiples testimonios, tanto en archivos públicos como privados de la Ciudad de México y los estados de Puebla, Tlaxcala e Hidalgo (lo que convirtió al autor en una figura itinerante del altiplano). Gracias, también, a una perspectiva historiográfica abierta que, teniendo como protagonista a la industria pulquera, nos lleva de la historia económica a la historia cultural, de la historia de la tecnología a la historia política, de la historia agraria a la vida cotidiana.

Los testimonios de diversos actores y los cruzamientos historiográficos nos impiden clasificar La querella por el pulque. Cada lector puede obtener algo del libro. Yo me quedé en un punto, en una intersección, entre recordando a mi abuelo (gracias al testimonio de mis padres), imaginando al abuelo de mi esposa (gracias al testimonio de mi suegra) y comentando para ustedes el papel de los intelectuales en la querella por el pulque.